miércoles, 5 de diciembre de 2012

Discurso de Graduación.

Hace dos años terminé el colegio, y uno de los mejores recuerdos fue la graduación, en la cual, acompañado por mi gran amigo Juan Villalón, me encargé de hacer y decir el discurso. El trabajo es de ambos, pero también de toda la promoción, la XXX, por eso lo quiero compartir aquí, para que cualquiera sea capaz de tenerlo y guardarlo, ya que el único que podía hasta ahora mismo era yo, algo bastante injusto. Espero que guste y que, no solo a los de mi promoción, lleve a recordar a compañeros y profesores de vuestra etapa escolar. No he cambiado absolutamente nada, básicamente porque me gustaría ver, dentro de unas cuantas entradas, mi desarrollo en el estilo y mis mejoras, que para mejorar estoy haciendo esto.
"Buenas tardes. Muchas gracias a los miembros de la mesa, a don J. G. por su presencia y sus palabras, al señor director, a profesores y profesoras, padres, madres, familiares, amigos y compañeros.
Para el discurso de hoy hemos preparado los alumnos de segundo de bachillerato una carta, como agradecimiento a todas las personas que han pasado por nuestras vidas desde antes de que tuviéramos uso de razón hasta este momento, profesores, antiguos alumnos y compañeros nuestros, padres, madres y familiares. La carta dice así:
Queridos papas y mamás de segundo de bachillerato:
Gracias a vosotros hemos tenido la oportunidad de terminar una etapa de nuestras vidas marcada por quince años en el colegio Los Olmos, y qué mejor modo de hacerlo que con una graduación a la que tengamos como invitados a nuestros padres, esas personas que durante toda nuestra vida nos han acompañado, en lo bueno y en lo no tan bueno.
En estos quince años hemos aprendido a leer, escribir, sumar, restar... pero además hemos recibido una formación y educación de las que podemos estar orgullosos. Esta formación en el colegio acaba con dos años en bachillerato, esos "magníficos" cursos en los que tanto hemos aprendido, estudiado, trabajado y querido a nuestros profesores.
Segundo de Bachillerato ha sido un año que todos recordaremos, y no solo porque España haya ganado el mundial, que también, sino por la tensión de los exámenes y el sufrimiento constante, pero lo hemos hecho con alegría y sonriendo, con lo que hemos conseguido que todo haya transcurrido de forma amena y agradable.
Lo creamos o no, y lo queramos o no, dentro de poco empezaremos a echar de menos las ocho horas diarias sentados en esas comodísimas sillas blancas, y los madrugones a las siete y media de la mañana para ir a nuestro querido colegio, pero, sobre todo, a los que echaremos de menos será a esos fantásticos profesores que nos han hecho la vida mucho más divertida y fácil con tantos exámenes, a esos jefes de día que tanto han disfrutado en nuestra puerta con la agradable melodía producida por nuestras gargantas. Echaremos de menos a Susana que siempre con serenidad y amabilidad nos ha atendido.
También estamos seguros de que durante nuestra estancia en la universidad pensaremos lo cómodo que sería ir todos con ese maravilloso polo azul, o esa camisa tan elegante que conjuntaba a la perfección con esos coloridos pantalones y esa corbata tan poco llamativa. Y apreciaremos el momento en el que algún que otro profesor nos hizo saber lo mucho que ligaríamos con chaqueta y corbata. Todavía esperamos que esa afirmación se demuestre...
Nosotros no seremos los únicos que echaremos en falta todo ésto, porque esperamos que los profesores que hemos tenido durante estos años también echen de menos nuestros cánticos africanos, nuestros himnos futbolísticos, nuestros juegos con las mesas y sillas, nuestros periódicos gratuitos, con sus respectivos sudokus, los botones de la camisa desabrochados, la camiseta interior visible por debajo de la camisa, descuidada y a la vez elegantemente salida del pantalón, y el nudo de la corbata a la altura del cuarto botón, todo ello acompañado de la siempre ausente chaqueta con, en algunas ocasiones, el escudo bordado.
Una de las cosas que más nos han gustado de todo bachillerato ha sido nuestro viaje a Roma, donde descubrimos su grandeza y la historia que la acompaña. La convivencia fue uno de los pasos previos a uno de los momentos más importantes de nuestras vidas: la confirmación, ese día tan importante en el que todos fuimos protagonistas.
Esta convivencia nos sorprendió desde el principio por el simple hecho de ir toda la clase en avión, las azafatas no daban a vasto. Iniciamos nuestra visita en el mismísimo Vaticano, pasando por la Fontana di Trevi y contemplando lugares como el Castillo de San Ángelo y llegando por la Vía del Corso al mismísimo Coliseo, todo ello acompañados de una guitarra, pocas horas de sueño, muchas de autobús, y ganas de disfrutar de la cultura italiana, tanto gastronómica como socialmente hablando, aun que al final comiéramos más kebabs que pizza y pasta.
No fuimos los únicos que disfrutamos de esta magnífica experiencia, ya que nos honraron con su presencia profesores de la talla de don Ignacio Perlado, con sus conocimientos del arte, don José María, don Santiago y don Benigno.
Todo el mundo puede preguntarse cómo es posible que estos profesores que nos han acompañado en nuestras diversas aventuras sigan vivos. La respuesta más evidente y acertada es, obviamente, por sus poderes.
El poder que nos asombra a todos, desde nuestros comienzos en el colegio, es el de don Santiago Liras. Este profesor tiene dos poderes increíbles. El primero es la capacidad de cumplir años y no envejecer. El segundo y más sorprendente, es el de la omnipresencia, su capacidad de pillarte en el último piso, y al salir tú a la carrera hacia abajo, verle subir y acabar castigado a la par que sorprendido. Sobre este poder existen varias leyendas urbanas. La que oímos todos desde pequeños es que tiene un hermano gemelo que está siempre rondando por el colegio, pero la más asombrosa, y cierta, es la de los pasillos secretos que sólo él conoce, y que hacen que se mueva por el colegio a placer.
Otro hombre con poderes es nuestro queridísimo profesor encargado don Francisco, capaz de sacar bromas de la historia, esa gran señora, donde nadie más las ve, ni siquiera nosotros, que somos, como él dice, la derechona.
Como profesor especial también está don Ignacio Perlado. Qué decir de él... simplemente, tiene el don de la infinita paciencia.
El profesor con el poder más especial, no podía ser otro que don José María Pérez, cuya mirada posee el don de la parálisis total de todos los miembros. A lo largo de los años ha ido perfeccionando su arte. Cuando lo descubrió, podía hipnotizar a personas pequeñas, de una en una. Sin embargo este año ya ha llegado a un nivel superior. Ha conseguido paralizarnos a toda la clase con un solo vistazo.
Pero no todos los poderes son positivos, como en el caso de don Juan Gómez Blanes, cuya capacidad de no perder nada, y sin embargo no encontrar sus cosas, le han llevado a momentos incómodos y discusiones absurdas. Por suerte acaba encontrando soluciones, y en algunos casos sus pertenencias aparecen como por arte de magia.
O como Mr. Phillip, simplemente capaz de hacer que aprendamos otro idioma, y que le entendamos mejor en inglés que en español.
Además, en el profesorado, podemos encontrar otro poder increíble, no solo dentro del colegio, sino en todo el mundo, ya que se encuentra el único hombre capaz de hacer más de una cosa a la vez. Don Antonio Milán es capaz de sonreírnos, castigarnos, y explicarnos el por qué de un modo que llegamos incluso a entenderlo, todo al mismo tiempo.
No todos los poderes de los profesores de bachillerato son especiales. También tenemos profesores que destacan por sus inventos. Éste es el caso de don Luis Valdivieso, una persona capaz de crear una máquina para organizar, en la lavadora, los calcetines de una familia numerosa.
Antes de llegar a bachillerato, todos los alumnos pasamos por la E. S. O. Esta etapa consta de cuatro años, como poco, y comienza con el momento de la vida que todos los padres temen, la edad del pavo. La gente que todavía piensa que seguimos en esa edad, se equivoca, o simplemente no nos conocía con trece años. En esos momentos nuestras experiencias eran escasas, y nosotros no lo podíamos permitir, necesitábamos saber más. Lo primero que nos preguntábamos a esa edad era qué ocurriría si llevábamos la contraria a los adultos. Aun que todos descubrimos que el ressultado no era bueno, le cogimos el gustillo, tanto en casa como en clase.
Los profesores que tuvieron que sufrir nuestra etapa dura, no fueron otros que don José Ramón, que ya no está con nosotros, don Rodrigo Ares, que solo se le ve en carreras escolares, don Juan que debió cogernos cariño porque aquí sigue, y don José María, de quien ya sabíamos que lo de llevarle la contraria no era conveniente, siempre gana él.
Esa edad fue dura también para nosotros, por eso actuábamos de formas extrañas. Nuestros primeros cigarros, las primeras notas malas, los consecuentes castigos, las primeras quedadas, no sin antes pediros dinero, y el descubrimiento de un nuevo mundo, el de las niñas... aun que ésto da para largo, ya que este "nuevo mundo" nunca termina de descubrirse.
En esas edades ya sabíamos que en la vida debíamos tener prioridades, y nosotros conocíamos perfectamente las nuestras: el fútbol y las convivencias. Año tras año íbamos a nuestro tutor con la misma frase: ¡Este año toca convivencia! En toda la E. S. O. solo tuvimos una, los de segundo nos íbamos a Torreciudad, pero lo bien que nos lo pasamos nos sirvió a todos. Aun así, en tercero, volvimos a pedir otra, pero no funcionó.
Torreciudad fue una experiencia inolvidable, porque en pocos días nos dio tiempo a muchas cosas, desde visitar el santuario, donde le regalamos a la Virgen unas poesías, hasta pasar el día en Port Aventura, donde se descubrió que la clase se divide en dos tipos de personas: los valientes, y los que ponen excusas como mareos, o cansancio. Desgraciadamente, solo tuvimos un día para disfrutar de las atracciones. Tras esto iniciamos los dos cursos previos al bachillerato, que comenzaron con nuestra primera gran decisión: ciencias o letras, ésto significaba ser de los listos o irse a ciencias.
Pero para llegar a secundaria no bastaba con tener los doce años, debíamos terminar una etapa larga y durísima, primaria. Primaria consistía en seis años en los que tres de ellos, de primero a tercero, nos dedicamos a aprender jugando, ya fuera con ordenadores, con canciones, con guitarras, o con un simple dedo que hacía de cohete. Esta dura etapa teminó con la primera comunión.
A partir de cuarto fue todo mucho más difícil y complicado. Empezando por los inverosímiles partidos de fútbol, donde todos nos sentíamos Maradona, jugando seis clases a la vez en un mismo campo, siempre bajo la atenta mirada de nuestra querida Virgen María situada en lo más alto del patio. Incluso dejamos los lápices para pasar al boli, nos quitaban nuestros juguetes si nos los llevábamos a clase, y debíamos esconder nuestras cartas Magic para jugar solo en el recreo. En sexto de primaria tuvimos nuestra primera convivencia, nos fuimos a Valencia, donde probamos el sabor del café, empezamos a rapear, y ya se nos notaba un poco el pavo. Los profesores de esos cursos ya nos avisaban de la dureza de la E. S. O., como don Melquiades, que nos borraba el segundo apellido, y nos castigaba sin sus inexistentes partidos de fútbol durante la clase. Pero fue con don Carlos Blanco, junto a su colección de mariposas, y con don Luisma, y su ritmosa frase "menos samba y más trabajar", con quien terminamos exitósamente nuestra educación primaria.
Aún así, la mejor fase de nuestra historia en el colegio fue antes de todo ésto, en aquellos momentos que a todas vosotras, las mamás, os gusta recordarnos. Esos enfados matutinos en los patios de infantil en los que María Rosa y María Antonia nos esperaban, esos lloros porque queríamos con nuestra mamá, y esos pantalones con nuevos agujeros cada vez que llegábamos a casa. Pensar lo cerca que queríamos estar de vosotras a esa edad, y lo mucho que queremos alejarnos ahora de casa, usando cualquier excusa. Durante los tres años que estuvimos en infantil, aprendimos, a base de canciones, nuestras primeras palabras en inglés. Gracias a los bloques, vimos quién tenía futuro en la ingeniería. Y con nuestros garabatos, resaltaban las promesas en la arquitectura. Y también había algún que otro futbolista que nos enseñaba su estilo golpeando a las piernas de las profesoras. Quién iba a pensar que nuestros patios de arena acabarían siendo un polideportivo, aun que quizá la espera haya sido larga.
Durante esa edad no nos dábamos cuenta de que estábamos delante de unas personas muy importantes en nuestras vidas: las profesoras de infantil. Desde María Rosa y María Antonia en primero y segundo, hasta Merche y Fina en nuestros últimos años con siesta en el colegio. Esas señoritas eran nuestras segundas madres, las que nos cuidaban y mimaban cuando no estábamos en casa, las que nos enseñaron a contar y vocalizar.
Y ahora vosotras, mamás de bachillerato, os reunís quince años después, con los mismos niños, algo más mayores en apariencia, pero igual de críos en el fondo. Seguimos disfrutando de las mismas diversiones que cuando teníamos tres años, aun que ahora intentemos disimularlo. Seguimos echándoos de menos cuando estamos un tiempo sin vosotras, y seguimos adorando vuestra comida por encima de cualquier Mcdonald o Telepizza.
Por último, de nuevo agradeceros vuestra presencia, porque siempre habéis estado ahí, apoyándonos en nuestros triunfos, animándonos en nuestros fracasos. Por ser vosotros, por ser como sois, y porque sabemos que siempre seréis así.
Muchas gracias y buenas noches."

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